RÁFAGAS DE GLOBALIZACIÓN PARA LA EDUCACIÓN MUSICAL: EL EFECTO MOZART Y OTRAS GRAGEAS

Violeta Hemsy de Gainza

Desde hace algún tiempo circula en los medios periodísticos de los países americanos y europeos, cierta información referida directa o in-directamente a la educación musical, sobre el ya famoso "efecto Mozart", término acuñado y patentado por el músico y autor estadounidense (oriundo de Texas) Don Campbell. Se afirma que los niños que escuchan música clásica -particularmente de Mozart- despliegan una serie de ca-pacidades generales, especialmente de carácter cognoscitivo, de modo que la educación musical podría aportar un poderoso estímulo intelec-tual al desarrollo infantil. La "noticia" incluye algunas implicaciones de estos conceptos para padres, educadores y políticos.

Antes de publicar el best-seller titulado precisamente "El efecto Mozart" Campbell era conocido en el ambiente pedagógico-musical por otra obra, de carácter conductista, sobre el tema de los hemisferios ce-rebrales y la música dirigida a los educadores musicales, donde realiza-ba una presentación detallada, con énfasis en los aspectos didácticos, del entonces novedoso tema de la polaridad hemisférico-cerebral. Recién con la publicación de "El efecto Mozart", obra inspirada -según detalla el autor- en uno de los principios metodológicos de Alfred Tomatis, desta-cado neuropsicofisiólogo francés conocido por sus investigaciones en los problemas de la audición y el desarrollo del lenguaje , Campbell logra un verdadero éxito editorial. (Conocí personalmente al Dr. Alfred Tomatis en el año '78, en el Congreso Internacional de la ISME (International Society for Music Education) realizado en London, Ontario (Canadá) cuando éste participó en las actividades programadas por la Comisión Internacional de Musicoterapia de la ISME, de la cual fui coordinadora general durante 12 años (1974-1986). En aquella oportunidad, el Dr. Tomatis me obsequió varias de sus obras fundamentales y fue entonces que le escuché referirse con entusiasmo a una de sus más famosas teo-rías: el descubrimiento acerca del efecto benéfico, y sin "contraindica-ciones", que produce en las personas el contacto con la "perfección" ab-soluta de la música de Mozart).

Las notas periodísticas aparecidas recientemente en la prensa in-tegran la campaña de promoción de un nuevo libro de Campbell, titulado "El efecto Mozart para niños", en el que supuestamente desarrolla el tema en forma más específica y en relación a los niños. Una colega pe-ruana me remite vía Internet el artículo completo publicado, en inglés, en el New York Times (Agosto, 6, 2000). Pocos días después (el domingo 13 de agosto) leo una versión local, bastante resumida de la noticia en Clarín, Sección Educación, bajo un título sumamente explicativo: "In-vestigan si la música hace trabajar mejor el cerebro. Los académicos estadounidenses discuten el efecto Mozart. Buscan pruebas científicas para comprobar esa teoría difundida por una investigadora en 1993. El debate es decisivo para evitar recortes presupuestarios en las escuelas públicas" (The New York Times, especial para Clarín). Recibo también en esos días el mail de un colega nicaragüense, profesor de música en la Universidad de Managua, en procura de información más amplia sobre el tema para satisfacer la inquietud de uno de sus alumnos del curso de Pedagogía.

Desde hace bastante tiempo, es sabido que el efecto positivo y movilizador de una buena educación se transfiere al desarrollo cognoscitivo en general y al área de las matemáticas en particular. El tema ("transfer-effect") fue profusamente estudiado en la Hungría de los '50-'60, llegando a constituirse en un verdadero slogan de propaganda educativa a partir de la famosa experiencia de las "escuelas de música" (proyecto inspirado y conducido por el compositor y pedagogo Zoltan Kodaly ). Esta "transferencia" de la acción musical al campo cognoscitivo ¿no es acaso algo similar a lo que alude la teoría del "efecto Mozart"?

Mi primera reacción al leer en la prensa este tipo de noticias, que las agencias distribuyen en grageas convenientemente aderezadas, es de cierta exasperación. En la era de trivialización, de mundialización, de la cultura de plástico en que vivimos, a menudo sentimos que desde los medios se nos trata como estúpidos cuando se intenta vendernos otra vez lo mismo mediante un simple cambio de libreto. ¡Es lamentable comprobar que tanto el pensamiento como la experiencia científica, pacientemente acumulados a lo largo de las pasadas décadas, aparezcan descalificados en el mundo de hoy! 

Luego de casi un siglo de desarrollos fundamentales en el campo de la educación musical a nivel mundial, llegamos a la conclusión de que para que el público -¡incluidas ciertas figuras clave de la política!- preste atención a estos temas, se requiere que la información aparezca envuelta en un ropaje sensacionalista: "Científicos investigan...", "Se acaba de descubrir...", "Se ha comprobado que...", "Los chicos se vuelven más inteligentes...", etc., siempre con un lenguaje light poblado de anécdotas que la mayor parte de las veces suenan milagrosas o inverosímiles. 

¡Las estrategias actuales de comunicación responden a una atracción generalizada por las fórmulas o recetas mágicas! Si bien "el efecto Mozart" no constituye una novedad concreta o real, no puede negarse que el término acuñado por Campbell y la estrategia comercial que lo acompaña resultan un acierto desde el punto de vista del mercado: títulos como "El efecto... Rodrigo", "El fin... de las ideologías", "El tao de... lo que sea", han demostrado repetidamente su eficacia en la manipulación de la opinión pública.

El tema que nos ocupa nos lleva, por otra parte, a pensar acerca de las diferencias en cómo funcionan los asuntos referidos a la educación en el Primer Mundo y en los "otros mundos". El artículo del Times firmado por Roberta Herschenson es de carácter crítico (incluso se subtitula "Debatiendo la teoría mozartiana") y aporta una cantidad de datos concretos acerca de los múltiples proyectos que, en parte como respuesta a alguno de estos "estímulos" mediáticos, se suceden en aquel medio. Por ejemplo: 
1) El presidente Clinton y el músico Billy Joel concurren en Julio último a una escuela del East Harlem que acaba de recibir una donación de cinco millones de dólares en instrumentos musicales de la "BH1 Save the Music Foundation". Es obvio que si Clinton expresa en esa opor-tunidad su deseo de impulsar la educación musical, esto se debe a que en Estados Unidos existe un piso de bienestar básico y que el programa político de gobierno incluye cierto espacio y fondos para la educación. 
2) En Mayo pasado, el coordinador de las escuelas públicas de la ciudad de New York sorprende a cuarenta y tres superintendentes invitándolos a participar en una clase de violín colectiva dictada por Isaac Stern.
3) El gobernador de Georgia, Zell Miller, citando "el efecto Mozart" consigue en el '98 que se incluya entre los obsequios que el hospital otorga a los padres de los recién nacidos álbumes de música clásica, producidos gratuitamente por Sony.
4) El Dr. E. Glenn Schellemberg, profesor asociado de psicología de la Universidad de Toronto, cuenta con un fondo de ciento cincuenta mil dólares de la Fundación Internacional para la Investigación Musical en San Diego para dictar treinta y seis semanas de clase de arte gratuitas a los niños de seis años, que comenzarán el ciclo escolar en el mes próximo. 
5) Por un acuerdo entre Texaco y la Eastman School of Music, la Dra. Linda P. Neelly dirige el proyecto -que cuenta con un fondo de cien mil dólares durante tres años- orientado a formar musicalmente a los profesores de música y de aula para que estén en condiciones de pro-mover más eficazmente la actividad musical entre sus alumnos. 

Confieso la impotencia y frustración que siento como educadora al comprobar el efecto nulo que ejercen sobre nuestros gobernantes, políticos y también sobre los diseñadores de la educación pública, un sinnúmero de hechos conocidos y comprobados en relación a la función e imprescindibilidad de la música en la educación. Lo que sucede es que, como buenos países satélites, entre nosotros los verdaderos "técnicos" o especialistas no suelen ser convocados a la hora de tratar los proyectos y reformas educativas; en tanto, continúa profundizándose la fragmenta-ción del conocimiento originada por los salvajes procesos de globaliza-ción. 

¿Le convienen entonces, sí o no, a la educación musical y a los educadores musicales estas ráfagas de mediatización? Es claro que la gente común no va a ponerse a leer a Platón, a Comenio, a Nietsche o a interpretar las profundas opiniones de Humberto Eco o Guattari sobre las incomparables virtudes de la música. Entonces, ¿a quién habría que convencer: a la gente o a los políticos?, ¿a qué tipo de estímulo responden estos últimos?, ¿cuáles son los mecanismos que los inducen a explorar e impulsar nuevas acciones educativas? 

Como siempre, lo que realmente debería importarnos es la ideología que subyace debajo de todo esto; distinguir lo profundo, lo verdadero, de aquello que simplemente está de moda o de "onda". Cuando se trata de evolucionar y de innovar en materia de educación, es necesario conocer las diferencias que existen entre una buena y una mala pedagogía musical, entre una educación musical obsoleta y la enseñanza actualizada. De la reflexión esencial sobre estos puntos deberían surgir los argumentos valederos que permitan sostener la necesidad e imprescindibilidad de la música en la educación infantil. Si esto llegara a suceder entre nosotros algún día, probablemente la superficialidad de lo mediático con su batería de conocidos artilugios podría tal vez pasarnos desapercibida. Pero todo resulta diferente cuando el interlocutor de las noticias es una sociedad que no pareciera reaccionar ni cuestionarse seriamente acerca de la cultura.